El silencio guarda un sonido. Un sonido como el que guardan dos lenguas cuando se entrecruzan. La lengua tiene sentido en diferentes ámbitos; uno de ellos es el beso. Y el beso, como todos saben, percute en el silencio de las lenguas. Hubo dos hombres antes de otros hombres que descubrieron ese sonido. Dejaron el fusil. Fue el comienzo de la guerra. Otros dos hombres que los acompañaban cogieron las armas.
Eran hombres que manifestaban una imprecisión excesiva: huyeron hacia el bosque y, además de ir armados, dispararon. ¿Contra qué?. Nadie lo sabe. El hecho es que dispararon y el problema de un disparo es que nunca suena solo. Después de un disparo hay más disparos, hasta que cesan los disparos y no quedan hombres. Si no hay hombres significa que tampoco hay lenguas. El lenguaje no existe.
Del silencio de la lengua nace el saludo de los hombres. Amigo, dijo el primer hombre al segundo que hubo después de esa guerra, conozco bien su carácter y su valentía; sé perfectamente de lo que es capaz un hombre como usted. ¡Cómo deben temerlo sus enemigos! Luego fueron sus lenguas las que se saludaron.
Atentamente,
Ricardo Cólera

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